– Feliz cumpleaños, María. Sopla las velas…
Y María sopló las velas con todas sus fuerzas. Y la llamita que sopló de todas las velas salió por la ventana que entonces estaba abierta porque hacía buen tiempo –era abril– y voló por los aires de la ciudad.
Primero pasó por debajo los ojos de un niño que lloraba, pero le enjugó las lágrimas, evaporándoselas y haciendo un arco iris que hizo sonreír al niño.
La llamita siguió por la ciudad y llegó hasta una paisana que, sentada en un banco, buscaba inspiración para un discurso sobre la vida, mientras se miraba el ombligo. La llamita le entró suavemente por la nariz y le hizo cosquillas. La paisana estornudó y la llamita salió disparada, pero le dejó dentro un par de ideas para escribir un discurso sobre el valor de mirar para fuera y no al propio ombligo que ya lo tenemos muy visto.
La llamita todavía siguió volando hasta llegar hasta la casa de una anciana que se había quedado sin cerillas y no podía encender el horno para hacerles una tarta a los nietos que, justo ese día, la iban a visitar porque era, mira qué casualidad, su cumpleaños. La llamita, ya debilitada, se metió en el horno y lo encendió. La viejecita pudo usar el horno y hacer tarta.
Ya la llamita estaba casi exhausta, pero todavía pudo volver a casa de María y entrar por la ventana, mientras a María le preguntaban:
– ¿Has pedido un deseo?
– Sí.
– ¿Y cuál ha sido?
– Solo he deseado que desear sirva para algo… Pero me da que no vale para nada…
Pero se equivocaba… y mucho. Justo en ese momento, la llamita se posó en una de las velas de la tarta y la encendió. María la miró asombrada y se quedó toda pensativa. Quizás la llamita…
– Feliz cumpleaños, María. Sopla les veles…
© Ilustración: Enrique Carballeira